En Colombia, la conectividad dejó de ser un simple “servicio” para convertirse en una necesidad vital. Sin embargo, persiste una pregunta que atraviesa al sector como ese hilo de vidrio que vibra bajo tierra: ¿cómo hacerla verdaderamente sostenible?
La respuesta exige mirar la sostenibilidad desde dos frentes que se complementan, se tensionan y se necesitan: (i) sostenibilidad financiera, que asegure los recursos necesarios para realizar una inversión continua en redes y desarrollos tecnológicos, y (ii) seguridad jurídica, que genere previsibilidad e incentive las inversiones que el sector requiere.
Cuando uno de estos frentes falla, el cable se tensa. Y puede romperse.
Sostenibilidad financiera: el costo de llevar el futuro a todas partes
En la última década, Colombia avanzó de manera visible en cobertura, velocidad y asequibilidad. La penetración de internet móvil hoy alcanza a la mayoría de la población, y la transición hacia la fibra óptica (FTTH) avanza de manera silenciosa pero decidida, barrio por barrio. La llegada del 5G en 2024-2025 abrió otra puerta: mayor capacidad, menor latencia, nuevos usos y servicios. Pero nada de esto es gratis.
La industria de telecomunicaciones es intensiva en capital y requiere inversiones permanentes para ampliar cobertura, densificar redes, modernizar equipos y reemplazar tecnologías legadas.
Mientras tanto, los precios minoristas y el ARPU se han reducido hasta ubicarse entre los más bajos de la OCDE, en un contexto de crecimiento del tráfico, altas cargas tributarias y costos regulatorios, lo que presiona la sostenibilidad de la industria. Al mismo tiempo, nuevos competidores que ofrecen servicios equivalentes —conocidos como OTT— utilizan las redes de los operadores tradicionales sin invertir en ellas y, además, están exentos de varias de estas presiones, gozando de una posición de privilegio que a primera vista luce desequilibrada.
La ecuación, así planteada, no cierra: menos ingresos por usuario, mayor tráfico, más exigencias de inversión y competidores con menos cargas que, además, usan las redes sin reconocer contraprestación alguna. La racionalización tributaria y normativa que el sector aguarda no es un “capricho corporativo”; es una pieza del rompecabezas de sostenibilidad que define si el país podrá financiar el salto de calidad y cobertura que reclama.
En un entorno cada vez más convergente, el regulador necesita mirar todos los servicios funcionalmente equivalentes. Es indispensable revisar la definición de mercados relevantes incorporando a los proveedores de servicios digitales (OTT) y evaluar alternativas para que quienes usan intensivamente las redes y se lucran de ellas contribuyan a su sostenimiento. No se trata de castigar la innovación: la apuesta debe ser por generar incentivos para que la inversión fluya donde más impacto tiene y por eliminar asimetrías entre jugadores que ofrecen servicios equivalentes.
Solo a través de estas acciones se logrará una industria de telecomunicaciones realmente sostenible en el mediano y largo plazo, capaz de llevar a la mayor cantidad de colombianos las ventajas de servicios de alta calidad.
Sostenibilidad regulatoria: transparencia y previsibilidad
El Ministerio TIC ha puesto en marcha un ecosistema que combina subastas de espectro con obligaciones de hacer, una agenda de 5G que empieza a aterrizar en municipios y herramientas de monitoreo de calidad que transparentan la experiencia del usuario bajo métricas definidas por la CRC. Ese andamiaje debe evolucionar ahora en tres direcciones:
1. Alinear los incentivos de inversión con una agenda de calidad y cobertura
2. Cerrar la brecha de financiamiento de red, con reglas de contribución de grandes generadores de tráfico al sostenimiento de la infraestructura
3. Definir una política de espectro que priorice inversión y calidad sobre el recaudo de corto plazo
Una crónica de país: del precio a la promesa
La sostenibilidad del sector no se decide en un tablero, sino en historias concretas: la fibra que por fin llegó a un caserío; la estación 5G que habilitó telemedicina; la escuela que se “enciende” en El Remanso, Guainía, gracias a una obligación de cobertura; la microempresa que migra a la nube porque encuentra beneficios tangibles al digitalizar su operación.
Cada una de esas escenas cuesta: requiere espectro, permisos, rutas de acceso, energía disponible, técnicos formados, repuestos y logística. Cuando el marco institucional se alinea con esa realidad —cuando los tributos no asfixian, cuando las obligaciones reconocen la realidad del país, cuando el regulador balancea cargas— la promesa se cumple.
Colombia fijó metas ambiciosas: conectar de manera sostenible al 85% de la población y cerrar brechas con tecnologías de última milla donde la fibra no llega. La industria, a su turno, ya demostró que puede cumplir. Falta consolidar el triángulo virtuoso: finanzas que permitan invertir, reglas que incentiven e integración de los grandes consumidores de tráfico a la ecuación de sostenimiento de las redes.
De eso trata esta crónica. De una “red” que no solo transporta datos: sostiene la competitividad, la educación, la salud, la democracia y la libertad de expresión. Si queremos que no se rompa, debemos tensarla bien: con inversiones a escala, eficiencia en cada nodo, métricas sin ambigüedades, fiscalidad inteligente y una regulación que empuje en la dirección correcta.
Lo demás —las cifras que celebramos y las que nos duelen— vendrá por añadidura. Porque la sostenibilidad, en telecomunicaciones, no es un eslogan: es la única forma de que el futuro llegue a todas partes… y se quede.