Publicado el 20-01-2022

Un espectro estable para impulsar la digitalización universal de América Latina

Este artículo de Cristina García de Miguel (Gerente de Recursos Órbita-Espectro y Regulación de HISPASAT) fue originalmente publicado en la Revista Telecomunicaciones de América Latina de ASIET. Descárgala completa aquí

El impacto que nuestra sociedad ha sufrido por la llegada del COVID-19 ha repercutido, entre otras cosas, en nuestros sistemas de telecomunicaciones. La variación en el volumen de datos, derivada del teletrabajo y del incremento en el consumo de plataformas de vídeo bajo demanda ha demostrado mejor que nunca el grave problema que supone la brecha digital existente entre los entornos urbanos y los rurales o remotos, donde el acceso a Internet o a servicios básicos como la educación o la sanidad no ha sido posible cuando más se ha necesitado.  

Por ello el satélite es una herramienta fundamental para actuar como complemento a las redes terrestres en puntos remotos. Su cobertura universal y su rápido despliegue, que sólo precisa de la instalación de una antena de pequeñas dimensiones y un router, lo convierten en una solución inmediata en la reducción de la brecha digital y proporcionar un acceso a Internet de banda ancha. 

Las aplicaciones satelitales de datos permiten adecuarse a las necesidades específicas de cada escenario: la tecnología Hotspot WiFi satelital precisa sólo de una única antena para dar acceso a Internet en los centros más transitados de una población, la teleeducación garantiza la igualdad de oportunidades durante todo el ciclo educativo y la telemedicina permite realizar diagnósticos remotos combinando una solución de videoconferencia con servicios de teleconsulta, tratamiento y asistencia remota. El satélite también puede utilizarse como backup de la infraestructura terrestre en situaciones de sobrecarga o para la extensión de redes celulares. 

Asimismo, por su cobertura, el satélite es el habilitador por excelencia para llevar la digitalización de todos los sectores al 100% del territorio, especialmente del primario, mediante sensores en el campo para detectar el estado de cultivo y anticipar cuándo es más oportuno regar o iniciar la recolección; en el ganado para medir su posición y constantes vitales y detectar partos o anomalías; o en los bosques para la prevención de incendios. No importa lo remota que se encuentre la zona y no es necesario que exista una infraestructura terrestre: los datos de los sensores son recogidos y transmitidos a la nube de manera continua a través de una estación VSAT conectada al satélite.  

Todo esto es posible gracias a que la tecnología satelital ha experimentado un gran cambio en los últimos años. Tradicionalmente, los satélites geoestacionarios contaban con huellas globales o continentales donde sólo se podía reutilizar una vez sus frecuencias. Hoy, los satélites de alto rendimiento tienen una arquitectura multispot y pueden reutilizar muchas veces sus frecuencias, lo que aumenta de manera considerable su capacidad de transmisión y la eficiencia de la que pueden beneficiarse los proveedores de servicios. Esta optimización en las coberturas a través de los haces spots hace que se puedan cubrir de forma específica no sólo las zonas continentales, sino también las rutas marítimas y aéreas por lo que son idóneos para prestar servicios de conectividad en entornos de movilidad.  

Por tanto, las comunicaciones por satélite, fundamentales para desbloquear la transformación digital en regiones como América Latina, deben ser una parte integral de su panorama de telecomunicaciones: garantizar un espectro estable para la industria satelital es una política crucial para impulsar un desarrollo igualitario y sostenible. 

Por eso necesitamos garantizar un espectro estable, especialmente para los operadores de satélite. Para diseñar los planes de frecuencia de los satélites, los operadores nos basamos en el cuadro de atribución de frecuencias del Artículo 5 del Reglamento de Radiocomunicaciones de la UIT y de los cuadros nacionales de atribución de frecuencias de los países donde tenemos la intención de proveer capacidad satelital. Una vez lanzado el satélite, no puede cambiarse ni su configuración ni sus planes de frecuencia asociados, a lo largo de sus cerca de 18 años de vida útil. Por ello, cambios imprevistos en las regulaciones nacionales e incluso a veces fuera de lo estipulado en la UIT pueden provocar una inseguridad jurídica y regulatoria y poner en riesgo la confianza en las comunicaciones por satélite.  

El despliegue del 5G parece haber provocado una competición entre los reguladores para sacar a subasta el mayor espectro posible para IMT cuanto antes, parte del cual está compartido con frecuencias atribuidas al satélite. Y eso a pesar de que, en algunos casos, dependiendo del uso de esas bandas por el satélite, la compatibilidad con el IMT es muy complicada o incluso imposible cuando hay un despliegue ubicuo de terminales satelitales.

El 5G, no lo olvidemos, no es sólo una red de sistemas móviles terrestres, sino una red de redes, donde el satélite también tiene su función y necesita espectro adicional para ello. Por tanto, hay que llegar a un equilibrio en las atribuciones de frecuencia según la realidad de cada país en la regin, valorando sus necesidades y los usos reales del espectro. Si los reguladores quieren cumplir las agendas digitales, el satélite es un elemento fundamental que ha de ser considerado como un facilitador para cerrar la brecha digital y un habilitador de la transformación digital. 

Además, los reguladores también deben ser conscientes de que poner más espectro del que se necesita a disposición en un determinado mercado puede derivar en una devaluación de dicho espectro e ingresos más bajos en subastas; incluso falta de venta o su subutilización durante largos períodos de tiempo. Y el espectro es un bien escaso que hay que cuidar.