Timeo Danaos et dona ferentes

Andrés Sastre. Director Regional para el cono Sur (ASIET)

Frase de la Eneida de Virgilio (libro II, 49). Significa «Temo a los dánaos (griegos) incluso cuando traen regalos».

Equo ne credite, Teucri! Quidquid id est, timeo Danaos et dona ferentes. («¡No confiéis en el caballo, troyanos! Sea lo que sea, temo a los dánaos incluso si traen regalos».)

Virgilio narraba cómo en la Guerra de Troya, tras la ofrenda de los griegos en forma de caballo, el Laocoonte advertía de no fiarse de un regalo que entendía envenenado. El final no pudo ser más tétrico, el sacerdote de Apolo y sus dos hijos son devorados por dos enormes serpientes. Los troyanos creen que el caballo ha sido ofrecido a Atenea y consideran por tanto que el Laocoonte fue castigado por la diosa debido a su tremenda insolencia. Así, introducen el caballo en su fortaleza dando paso a una fiesta que deriva en desolación. El Laocoonte tenía razón y dentro del caballo no había arena de playa sino griegos que abrieron las puertas de la ciudad para dar fin a Troya y hacer pagar a los troyanos su ingenuidad.

Llenos de cierta ingenuidad, en nuestros días, también estamos los millones de usuarios que confiamos día a día nuestros datos a grandes proveedores de servicios sobre internet alentados por la aparente gratuidad de sus servicios, sin saber que el auténtico maná que alimenta su crecimiento es precisamente el manejo y explotación que hacen de nuestros datos y nuestra privacidad. Esto, lejos de arreglarse, tiene visos de profundizarse; en los últimos días leía que hay quien defiende que uno de los condicionantes negativos para el comercio electrónico es que todavía existen regulaciones que limitan el acceso a los datos de los clientes y que anulan el movimiento transfronterizo de los datos personales. Grave que se hagan estos planteamientos, puesto que de darse finalmente conducirían a una pérdida irreparable de nuestro derecho a la privacidad y a una inseguridad permanente, sin entrar a valorar aspectosque también se verían afectados como la soberanía o el propio sentido de democracia. Todo esto, dudo que beneficie en nada a la competitividad y a futuras innovaciones. Una ausencia clara de regulación del tratamiento de datos afectaría notablemente incluso a futuros emprendimientos y solo consolidaría a los actuales players ganadores. Mientras tanto se seguirían creando ciudadanos rehenes e indefensos que un día pulsaron ‘acepto’ a las cláusulas imposibles de digerir para la gran mayoría e ineludibles para poder acceder a determinadas aplicaciones de notable éxito.

Ingenuidad es también pensar que la total ausencia de regulación beneficia a la innovación eternamente. Hay quienes sostienen, con cierta dosis de verdad, que fue la ausencia regulatoria en determinados países la que permitió el surgimiento de un gran número de actores exitosos en el marco de lo servicios en internet. De inicio, como decía, esto fue cierto, sin embargo es muy inocente pensar que esto signifique carta blanca indefinidamente. La ausencia de reglas justas tan solo serviría para la profundización del statu quo actual de consolidación de cuasimonopolios en la red, frenando la innovación y la competencia, perjudicando los desarrollos locales y anulando la virtud original de libre creación en internet. Resulta evidente que regular tampoco tiene que significar encorsetar, ni crear más problemas de los que ya existen, regular no debe entenderse sino como facilitar, crear condiciones para el óptimo desarrollo de un ecosistema digital pujante, sin olvidar la necesaria protección a los usuarios, que debe ser equivalente entre servicios semejantes independientemente de la tecnología o medio de provisión de los mismos.

No tengo vocación de Laocoonte, y mucho menos está entre mis intenciones ser arrastrado por dos feroces serpientes, pero no dejo de entender necesario que se alerte sobre determinadas inercias antes de que estas se vuelvan irreparables. Es preciso que tengamos claro cómo y en qué condiciones se van a gestionar nuestros datos personales. Parece claro que legislando cada país por su cuenta, dada la naturaleza transfronteriza de internet y de los players que sobre él actúan, no se va a lograr nada. Lo que sería deseable es, por tanto, un avance regional / global, y que lleguemos a un acuerdo sobre cómo regular la explotación de datos personales y bajo qué criterios pueden acumularse y gestionarse los mismos.

A su vez, pretender que internet escape a normas sobre concentración en los mercados es apostar firmemente por un futuro lleno de frenos a la competitividad, reducción de la innovación y dominancia de un grupo selecto de players que capturan el mercado de un ecosistema convergente. De esta forma, a aquellos que pretendan asomar la cabeza simplemente se les bloquea su avance; y en el caso de que esto sea imposible: se les compra. Así, aumenta el beneficio del grupo ungido por la diosa Atenea para comerse todo el pastel. No se puede sino coincidir, en esta ocasión, con las sentencias dictadas en esta materia por la Comisión Europea en las últimas fechas y apostar por vías como la estrategia digital del gobierno alemán como marcos de crecimiento futuro.

Al aceptar el precioso caballo como solución de nuestros males y dejarnos guiar por los beneficios anunciados por los grandes profetas que operan sobre la red es probable que Troya no florezca todo lo que debe. Mientras tanto, no hay un consenso claro de cómo avanzar, todos los actores parecen de acuerdo en lo básico: que todos estemos conectados y podamos sacar el máximo partido a dicha conectividad. Hasta ahí bien, pero en el camino nos hemos perdido en un avance de altibajos hacia soluciones de consenso y como diría el cantante esta inconstancia, no es algo heroico, es más bien algo enfermo….

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